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Muchos amantes de la literatura de C.S. Lewis estábamos impacientes por la llegada de su obra más conocida a la gran pantalla. Después del bombardeo comercial de Harry Potter y del merecido reconocimiento a Tolkien y su trilogía “El Señor de los anillos”, sabíamos que no podían tardar mucho en adaptarse las “Crónicas de Narnia”. Mucha gente tal vez no lo recuerde, pero el cine ya nos presentó al autor de estos relatos en una particular biografía, “Tierras de penumbra”, del gran director Richard Attenborough. En ella, el famoso actor Anthony Hopkins (“El silencio de los corderos”) encarnaba el personaje de Lewis. Pero desgraciadamente no se muestra la vida de este gran irlandés en todas sus dimensiones. Es una pena, pues la biografía de este intelectual británico contiene aspectos que dan mucho pie a la reflexión y el debate, y su legado posee en nuestra cultura un peso mucho mayor de lo que creemos. El propio Tolkien, con quien coincidía en las tertulias “The Inklings”, en su pub favorito de Oxford, reconoce que fue Lewis quien le animó a escribir literatura fantástica. Más en nuestros tiempos, el mismísimo líder del grupo musical U2 acostumbraba a caracterizarse como irónico diablo en una de sus giras, influenciado por la lectura de las “Cartas del diablo a su sobrino”, quizá la obra más aguda del escritor. Una de las más ilustres literatas españolas, Carmen Martín Gaite, muestra también su reconocimiento al autor en su preciosa traducción de “Una pena observada” (Trieste, Madrid, 1989).
Clive Staples Lewis es un ejemplo interesantísimo de una travesía vital del cristianismo vacío al agnosticismo, y de éste al cristianismo vivo y real, con todas sus implicaciones intelectuales. Su abuelo materno era pastor anglicano, sus padres también creyentes, al menos de nombre, pero a sus catorce años ya declaraba no poder creer en nada trascendente. Algunos biógrafos lo achacan al dolor causado por la pérdida de su madre y a cierta tendencia depresiva en su carácter. Pero, curiosamente, también el dolor es uno de los temas mejor tratados en sus escritos como cristiano. Libros como “El problema del dolor” o “Una pena observada” nos presentan a una persona que aprendió de la vida lecciones duras, pero que supo siempre encontrar un sentido en el dolor, o en la reflexión en torno a él. Una de sus frases más citadas dice: Dios nos susurra en nuestros placeres y habla a nuestras conciencias, pero grita en nuestro dolor: es el megáfono que usa para despertar a un mundo sordo.
Más allá de la cuestión concreta del dolor, en esta cita se vislumbra la intención de muchas de las obras de C. S. Lewis: despertar a un mundo sordo, iluminar a un mundo miope, presentar a Dios ante un mundo que ha prescindido de Él. Hay que aventurarse al otro lado del armario. Parece absurdo, los “mayores” no lo creen, pero existe un mundo ahí, muy cerca. Son los niños quienes lo encuentran, como dijo Jesús en el evangelio. Quien es capaz de despojarse de prejuicios, ideas limitadoras y orejeras intelectuales, puede hallar la puerta a un mundo que no nos es en absoluto ajeno. En el universo de Narnia hay numerosas claves para entender nuestra propia condición, pero no tenemos espacio aquí para examinarlas (recomiendo para ello los libros que ha editado Publicaciones Andamio. Pero Lewis expresa su despertar en un título ya de por sí esclarecedor: “Cautivado por la alegría” (Ed. Encuentro, Madrid, 2002). El punto de inflexión es su encuentro con nuestro Aslan, Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios. Lewis confiesa que esta fue la clave de su conversión al cristianismo, y afirma con rotundidad: [la gente dice] "No tengo inconveniente en aceptar a Jesús como maestro moral, pero no acepto su afirmación de ser Dios”. Eso es precisamente lo que yo no puedo decir. Alguien que no era más que un hombre y proclamaba cosas como las que dijo Jesús no podría ser un maestro moral. O bien sería un lunático de la categoría de los que creen ser un huevo escalfado o bien se trataría del mismísimo Diablo. Tienes que elegir: o este hombre era, y es, el Hijo de Dios; o era un loco o algo peor. Puedes hacerlo callar como a un demente, escupirle y golpearle como si fuera un demonio, o caer a sus pies y llamarle Señor y Dios. Pero no vengas con esa tontería condescendiente de que fue un gran maestro meramente humano. Él no pretendió serlo, ni dejó posibilidad para que lo considerásemos así. De Mero Cristianismo Jesús dijo en el Evangelio de Juan: el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios. Despertar, abrir los ojos, nacer de nuevo... en definitiva, apropiarnos por la fe del medio que Él mismo dispuso para que tengamos la vida auténtica: su sacrificio por amor a ti y a mí. La muerte en la cruz del Hijo de Dios paga el precio de nuestra deuda con el Santo, nos restaura a una relación con Él; una relación eterna y que abre puertas a realidades que no puedes ni imaginar. ¿Te atreves? |
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